Primer congreso de formadores de la vida consagrada-Roma abril 2015.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO DE FORMADORES DE LA VIDA CONSAGRADA,
ORGANIZADO POR LA CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA
Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA

Sábado 11 de abril de 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Me dijo [el cardenal prefecto] vuestro número, cuántos sois, y yo dije: «Pero, con la escasez de vocaciones que hay, tenemos más formadores que formandos». Esto es un problema. Hay que pedir al Señor y hacer todo lo posible para que lleguen las vocaciones.

Agradezco al cardenal Braz de Aviz las palabras que me dirigió en nombre de todos los presentes. Doy las gracias también al secretario y a los demás colaboradores que prepararon el Congreso, el primero de este nivel que se celebra en la Iglesia, precisamente en el Año dedicado a la vida consagrada, con formadores y formadoras de muchos institutos de diversas partes del mundo.

Deseaba tener este encuentro con vosotros, por lo que sois y representáis como educadores y formadores, y porque detrás de cada uno de vosotros veo a vuestros y nuestros jóvenes, protagonistas de un presente vivido con pasión, y promotores de un futuro animado por la esperanza; jóvenes que, impulsados por el amor de Dios, buscan en la Iglesia los caminos para asumirlo en su vida. Yo los siento aquí presentes y a ellos dirijo un recuerdo afectuoso.

Al veros tan numerosos no se diría que existe una crisis vocacional. Pero en realidad hay una indudable disminución cuantitativa, y esto hace aún más urgente la tarea de la formación, una formación que plasme de verdad en el corazón de los jóvenes el corazón de Jesús, para que tengan sus mismos sentimientos (cf. Flp 2, 5; Vita consecrata, 65). Estoy convencido también de que no hay crisis vocacional allí donde hay consagrados capaces de trasmitir, con su testimonio, la belleza de la consagración. Si no hay testimonio, si no hay coherencia, no habrá vocaciones. Y a este testimonio estáis llamados. Este es vuestro ministerio, vuestra misión. No sois sólo «maestros»; sois sobre todo testigos del seguimiento de Cristo en vuestro propio carisma. Y esto se puede hacer si cada día se redescubre con alegría el hecho de ser discípulos de Jesús. De ello deriva también la exigencia de cuidar siempre vuestra formación personal, a partir de la amistad sólida con el único Maestro. En estos días de la Resurrección, la palabra que en la oración me resonaba con frecuencia era «Galilea», «allí donde comenzó todo», dice Pedro en su primer discurso. Los hechos que tuvieron lugar en Jerusalén pero que comenzaron en Galilea. También vuestra vida comenzó en una «Galilea»: cada uno de nosotros tuvo la experiencia de Galilea, del encuentro con el Señor, ese encuentro que no se olvida, pero que muchas veces acaba cubierto por las cosas, el trabajo, las inquietudes y también por pecados y mundanidad. Para dar testimonio es necesario realizar con frecuencia la peregrinación a la propia Galilea, retomar la memoria de ese encuentro, de ese estupor, y desde allí comenzar a caminar de nuevo. Pero si no se sigue esta senda de la memoria existe el peligro de permanecer allí donde uno se encuentra y, también, existe el peligro de no saber por qué uno se encuentra allí. Esta es una disciplina de aquellos y de aquellas que quieren dar testimonio: ir detrás de la propia Galilea, donde encontré al Señor; de ese primer estupor.

Es hermosa la vida consagrada, es uno de los tesoros más preciosos de la Iglesia, que tiene sus raíces en la vocación bautismal. Y, por lo tanto, es hermoso ser formadores, porque es un privilegio participar en la obra del Padre que forma el corazón del Hijo en los que el Espíritu ha llamado. A veces se puede sentir este servicio como un peso, como si nos quitara algo más importante. Pero esto es un engaño, es una tentación. Es importante la misión, pero es también importante formar para la misión, formar en la pasión del anuncio, formar en esa pasión de ir a dónde sea, a cualquier periferia, para anunciar a todos el amor de Jesucristo, especialmente a los alejados, relatarlo a los pequeños y a los pobres, y dejarse también evangelizar por ellos. Todo esto requiere bases sólidas, una estructura cristiana de la personalidad que hoy las familias mismas raramente saben dar. Y esto aumenta vuestra responsabilidad.

Una de las cualidades del formador es la de tener un corazón grande para los jóvenes, para formar en ellos corazones grandes, capaces de acoger a todos, corazones ricos de misericordia, llenos de ternura. Vosotros no sois sólo amigos y compañeros de vida consagrada de quienes se os ha encomendado, sino auténticos padres, auténticas madres, capaces de pedirles y darles el máximo. Engendrar una vida, dar a luz una vida religiosa. Y esto sólo es posible por medio del amor, el amor de padres y de madres. Y no es verdad que los jóvenes de hoy son mediocres y no generosos; pero tienen necesidad de experimentar que «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20, 35), que hay gran libertad en una vida obediente, gran fecundidad en un corazón virgen, gran riqueza en no poseer nada. De aquí la necesidad de estar amorosamente atentos al camino de cada uno y ser evangélicamente exigentes en cada etapa del camino formativo, comenzando por el discernimiento vocacional, para que la eventual crisis de cantidad no determine una mucho más grave crisis de calidad. Y este es el peligro. El discernimiento vocacional es importante: todos, todas las personas que conocen la personalidad humana —tanto psicólogos, padres espirituales, madres espirituales— nos dicen que los jóvenes que inconscientemente perciben tener algo desequilibrado o algún problema de desequilibrio o de desviación, inconscientemente buscan estructuras fuertes que los protejan, para protegerse. Y allí está el discernimiento: saber decir no. Pero no expulsar: no, no. Yo te acompaño, sigue, sigue, sigue… Y como se acompaña en el ingreso, acompañar también en la salida, para que él o ella encuentre el camino en la vida, con la ayuda necesaria. No con actitud de defensa que es pan para hoy y hambre para mañana.

La crisis de calidad… No sé si está escrito, pero ahora se me ocurre decir: mirar las cualidades de tantos, tantos consagrados… Ayer en la comida había un grupito de sacerdotes que celebraba el 60° aniversario de ordenación sacerdotal: esa sabiduría de los mayores… Algunos son un poco…, pero la mayoría de los ancianos tiene sabiduría. Las religiosas que todos los días se levantan para trabajar, las religiosas del hospital, que son «doctoras en humanidad»: ¡cuánto tenemos que aprender de esta consagración de años y años!… Y luego mueren. Y las hermanas misioneras, los consagrados misioneros, que van allí y mueren allí… ¡Mirar a los mayores! Y no sólo mirarlos: ir a visitarlos, porque el cuarto mandamiento cuenta también en la vida religiosa, con los ancianos nuestros. También ellos, para una institución religiosa, son una «Galilea», porque en ellos encontramos al Señor que nos habla hoy. Y cuánto bien hace a los jóvenes mandarlos hacia ellos, que se acerquen a estos ancianos y ancianas consagrados, sabios: ¡cuánto bien hace! Porque los jóvenes tienen el olfato para descubrir la autenticidad: esto hace bien.

La formación inicial, este discernimiento, es el primer paso de un proceso destinado a durar toda la vida, y el joven se debe formar en la libertad humilde e inteligente de dejarse educar por Dios Padre cada día de la vida, en cada edad, en la misión como en la fraternidad, en la acción como en la contemplación.

Gracias, queridos formadores y formadoras, por vuestro servicio humilde y discreto, el tiempo donado a la escucha —al apostolado «del oído», escuchar—, el tiempo dedicado al acompañamiento y a la atención de cada uno de vuestros jóvenes. Dios tiene una virtud —si se puede hablar de la virtud de Dios—, una cualidad, de la cual no se habla mucho: es la paciencia. Él tiene paciencia. Dios sabe esperar. También vosotros aprended esto, esta actitud de la paciencia, que muchas veces es un poco un martirio: esperar… Y cuando te viene una tentación de impaciencia, deténte; o de curiosidad… Pienso en santa Teresa del Niño Jesús, cuando una novicia comenzaba a contar una historia y a ella le gustaba saber como acabaría, y luego la novicia iba a otra parte, santa Teresa no decía nada, esperaba. La paciencia es una de las virtudes de los formadores. Acompañar: en esta misión no se ahorra ni tiempo ni energías. Y no hay que desalentarse cuando los resultados no corresponden a las expectativas. Es doloroso cuando viene un joven, una joven, después de tres, cuatro años y dice: «Ah, yo no me veo capaz; encontré otro amor que no va contra Dios, pero no puedo, me marcho». Es duro esto. Pero es también vuestro martirio. Y los fracasos, estos fracasos desde el punto de vista del formador pueden favorecer el camino de formación continua del formador. Y si algunas veces tenéis la sensación de que vuestro trabajo no es lo suficientemente apreciado, sabed que Jesús os sigue con amor y toda la Iglesia os agradece. Y siempre en esta belleza de la vida consagrada: algunos —yo lo escribí aquí, pero se ve que también el Papa es censurado— dicen que la vida consagrada es el paraíso en la tierra. No. En todo caso el purgatorio. Seguir adelante con alegría, seguir adelante con alegría.

Os deseo que viváis con alegría y gratitud este ministerio, con la certeza de que no hay nada más bello en la vida que pertenecer para siempre y con todo el corazón a Dios, y dar la vida al servicio de los hermanos.

Os pido, por favor, que recéis por mí, para que Dios me dé también un poco de esa virtud que Él tiene: la paciencia.

Francisco

 

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Mensaje final del Congreso Internac. de formadores, Roma-Abril 2015

Bienaventurados vosotros, formadores y formadoras

Al finalizar este Congreso la experiencia y la reflexión que juntos hemos vivido en profunda e intensa participación, nos piden que acerquemos la Palabra a nuestra vida de consagrados y consagradas, a nuestras comunidades y fraternidades, a nuestros Institutos, a nuestras culturas y tierras de procedencia, a nuestro servicio en la Iglesia y en el mundo.

(Mt 5, 1-10)

Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Felices vosotros que, al sentiros pobres ante la sublime tarea de formar a Cristo en los corazones, confiáis en la acción del Espíritu Santo que muestra a Jesús como  “el más bello de los hombre”. Es el Espíritu quien suscita el deseo de conformarnos con Cristo en la profundidad del corazón, es el Espíritu quien infunde los sentimientos del Hijo y hace nacer en nosotros sus emociones, sus afectos, su sensibilidad; es el Espíritu quien enciende la pasión del anuncio para que en nuestro tiempo sea visible la forma de vida del Hijo de Dios.  Cuando esto acontece, el  Evangelio se revela de una manera nueva y el Reino de Dios está en medio de nosotros.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Felices vosotros si sabéis esperar con paciencia los tiempos de maduración de la buena semilla plantada con constancia y confianza, sin imponer nada con la fuerza o la astucia, sin pretender ser los que cosechan.

Felices los formadores-sembradores que siguen sembrando, pase lo que pase, en cada momento, en cada corazón sabiendo que la semilla tiene su propia fuerza y eficacia.  Felices vosotros si actuáis sin ejercer ninguna violencia, sutil y escondida, ni siquiera para obtener el bien, porque Dios os dará la tierra prometida de los corazones.

Felices los formadores que con su mansedumbre recuerdan a quienes están en formación que lo único realmente necesario es llegar a ser vasija de barro en la que otros puedan beber a pequeños sorbos el cielo.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Felices vosotros si sabéis compartir con los formandos el esfuerzo de la conversión, de la dificultad en dejarlo todo para seguir a Cristo, de la respuesta generosa.

Felices vosotros, formadores y formadoras, si sabéis acoger en vuestro corazón los sufrimientos de los jóvenes, si los miráis con empatía, sin reservas, permitiéndoles que descarguen parte del peso de su vida en vuestro corazón y si vosotros lo acogéis con la ternura y la misericordia del Padre.

Felices los formadores que lloran por las decepciones y los fracasos que inevitablemente encontrarán. Tened la certeza de que recibiréis el consuelo del Señor, capaz de secar toda lágrima y de hacer fecundo vuestro servicio.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

Felices vosotros si lleváis en el corazón el intenso deseo de ver implantada en el mundo la justicia de Dios, su pasión por la vida y la fraternidad. Y si buscáis el proyecto de Dios en cada persona vocacionada, aún a costa de no ser comprendidos, sin imponer los puntos de vista personales o los intereses del Instituto, para que cada uno sea él mismo según el sueño de Dios.

Felices vosotros si hacéis esto porque la verdad os dará la libertad de pedir un compromiso total a cada joven que se os ha confiado, de persuadir y de ser creíbles sin manipular, sin forzar.  Y el Padre acogerá los anhelos santos de vuestro corazón.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Felices los formadores y las formadoras si habéis encontrado al Dios rico en ternura dejando que su misericordia plasme en vosotros un corazón de carne, compasivo, capaz de descubrir el fuego bajo las cenizas en quien parece haber perdido toda esperanza. Si sabéis reavivar la llama que parece apagarse enseñaréis los caminos para bajar hacia las muchas tierras de dolor que hoy existen, y ser así consolación de Dios.

Seréis testigos del Dios que escucha el clamor del pobre, que ve las miserias humanas y se inclina con misericordia. Los jóvenes que están con vosotros os seguirán.

Feliz la comunidad de formación, pequeña “Iglesia en salida”, “de puertas abiertas”, fraternidad donde el joven/la joven “se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, acorta distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo” (Francisco, Discurso a los Obispos de la Conferencia Episcopal de Japón en visita ad limina Apostolorum, 20 marzo 2015).

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Felices vosotros si tenéis un corazón recto y sincero, una vida sin hipocresía y una mirada limpia.  La formación a la vida consagrada es camino de purificación del corazón para que entre en el misterio del eterno Amante.

Guiad a los jóvenes, con un compromiso constante, para que vivan la comunión con El sin doblez, para que gusten de su intimidad y de sus cosas  (cf. Lc 2, 49).

Feliz el formador que transmite al joven la belleza de Dios y la certeza de que sólo el Eterno puede colmar la sed de amor del corazón humano.

Feliz el formador enamorado de Dios y apasionado por el hombre, que sabe comunicar al mismo tiempo la belleza de amar a Dios con un corazón totalmente humano y de amar a la persona con un corazón que está aprendiendo a querer según Dios.

Felices vosotros formadores si sabéis ver a los jóvenes con los ojos de Dios y si sabéis ver a Dios en su corazón.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Felices vosotros los formadores, hombres y mujeres en paz consigo mismos, si sois sensibles a la inmensa necesidad de paz en un mundo dividido y si sabéis construir la paz en el corazón del otro y en las relaciones.

Felices aquellos que educan para la paz y la unidad interior como fundamento de toda fraternidad.  Felices vosotros si sabéis formar para la fraternidad ordenada y la convivencia de las diferencias, en la variedad de las culturas: allí habita el Señor.

Junto con vuestros jóvenes seréis hijos de Dios y seréis capaces de desarmar los corazones de cualquier agresividad, como una terapia de bondad y de bendición para todos.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque  de ellos es el Reino de los Cielos.

Felices vosotros cuando os persigan por testimoniar al Señor Jesús, alegría de vuestros ojos, delicia de vuestros corazones.

Felices vosotros, formadores de países donde los cristianos son perseguidos: estáis viviendo en vuestra carne el misterio pascual.  Felices vosotros que dais fruto como el grano de trigo.

Toda la Iglesia en vosotros y con vosotros sufre, alimenta la esperanza, invoca la paz y anuncia el reino de los cielos.

Del Congreso a la Vida: algunas prioridades

Como orientación de este Dicasterio, acoged ahora algunas prioridades pedagógico- espirituales para vuestro servicio como formadores.

  1. Sed formadores felices, contentos de poder prestar este servicio. Y mostrad vuestra alegría, para transmitirla a los jóvenes.
  2. Prestad atención a la formación del corazón, no solo del comportamiento, recordando que  “cor ad cor loquitur”. Es la pasión por Jesús que os hace formadores
  3. No presumáis de vosotros mismos, cuidad vuestra formación continua, estad dispuestos a aprender cada día el arte de formar los corazones: aprended de Jesús y de su pedagogía, pero también de los jóvenes que están con vosotros, de vuestros errores, de la vida.
  4. No olvidéis que es el Padre quien forma en cada joven la personalidad del Hijo por el poder del Espíritu: vosotros sois mediadores de esta acción trinitaria.
  5. Sed formadores a tiempo pleno, dando lo mejor de vosotros mismos. Es el Señor quien os confía  a los jóvenes que acompañáis como una realidad preciosa a sus ojos y que tal tiene que llegar a ser a los vuestros.
  6. Tened un corazón grande para acoger a cuantos el Padre os confía de todas partes de la tierra. Valorad cada persona para que la comunidad sea expresión de la única fe y del mismo carisma en la variedad de las culturas y de la riqueza de cada uno.
  7. Formad a jóvenes con un corazón enamorado de Dios y apasionado por el hombre, “ciudadanos del mundo” en diálogo con cada cultura; jóvenes llenos de misericordia hacia “los sin dignidad” que aprenden a buscar a Dios en las periferias de la existencia,  jóvenes libres para dejarse formar por la vida durante toda su vida.
  8. No pretendáis de ellos nada que no hayáis vivido y viváis vosotros mismos. Sin imponer cargas imposibles y motivando siempre lo que pedís con la ley de la libertad de los hijos de Dios, la ley del amor.
  9. Dedicad vuestro tiempo a encuentros regulares con el grupo y sobre todo con cada uno personalmente. La relación interpersonal entre formador y formando es la herramienta por excelencia de la acción educativa.
  10. El equipo de formación, especialmente en las comunidades educativas numerosas, exprese las diversas competencias pedagógicas en el respeto de cada rol específico, en el compartir el mismo modelo formativo y en la convergencia hacia el bien de los jóvenes. La formación de los formadores es una responsabilidad clara e ineludible de los superiores hacia vosotros, como promotores de una auténtica cultura de la formación continua.
  11. No tengáis miedo de acompañar al joven a que descubra quién es y su propia verdad, con sus debilidades; tratad de que el joven sienta vuestra cercanía como sacramento del amor del Padre que sana y perdona. De manera especial, haced que perciban vuestra cercanía aquellos que por motivos diversos abandonan el camino formativo.
  12. Y sobre todo, no tengáis miedo de acompañar a los jóvenes por el camino de la Pascua de Jesús. A esto debe apuntar todo camino formativo, en compañía de María, Discípula y Madre a los pies de la cruz.

Queridos formadores, queridas formadoras, la Iglesia os quiere, os aprecia y reza por vosotros. Sin vuestro servicio la vida consagrada no podría existir o tendría un futuro incierto. Sin vuestra paciencia y vuestro discernimiento el pueblo de Dios correría el riesgo de no ver aquella senda luminosa capaz de hacer brillar, en un mundo que pasa, el mundo definitivo transfigurado por las Bienaventuranzas.

Roma, 11 de abril de 2015

João Braz Card. de Aviz. Prefecto

José Rodríguez Carballo, O.F.M., Arzobispo Secretario

One Response to "Primer congreso de formadores de la vida consagrada-Roma abril 2015."

  1. gelsomina Rodas Posted on 7 agosto, 2015 at 17:43

    Gracias por esa iniciativa de reunir a los formadores, para compartir juntos nquietudes, preucupaciones; pero sobre todo esperanzas y alegrías en este bello servicio de colaborarle al formador por excelecia Jeus de Nazaret

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