La respuesta de la Divina Providencia

construccionHabían pasado ya tres años del comienzo de la fundación del Instituto Oblatos Diocesanos y unos meses de la creación de las Oblatas Diocesanas, cuando el Padre Agustín B. Elizalde, oyendo el consejo prudente de varios obispos y sacerdotes, que seguían con interés su empresa, nada fácil por cierto, pensó en la creación de una sección sacerdotal, que dedicando su existencia a los Oblatos y Oblatas asegurarse en todas partes la unidad de espíritu de los mismos.
El Padre Elizalde, como hombre de Dios que era, pidió al Cielo como prueba de la conformidad divina al nuevo paso que estaba decidido dar, el poder conseguir en donación una propiedad que estuviera algo alejada de la capital para destinarla a la formación de estos futuros sacerdotes.

Consciente que Dios no aprueba el quietismo, sino que reclama nuestra colaboración humana, se dedicó durante varios meses a llamar a muchas puertas  solicitando el regalo de una Casa en el campo. Inútiles parecían sus esfuerzos y ruegos.
El Padre Elizalde solía decir que el Señor quiere que golpeemos a muchas puertas, y que luego de este trabajo nuestro, Él se encarga de abrir una puerta a la cual nosotros no habíamos golpeado.

Y así sucedió. Era el 20 de diciembre de 1954, en la precisa fecha de los 30 años de su ordenación sacerdotal, cuando recibe el anuncio de la inesperada visita de una desconocida señora que desea conversar con él.
Asediado por compromisos que se habían concertado por la fecha del aniversario, puede dedicar muy pocos minutos a la distinguida visita. Se trataba de la Sra. Martha Larguía de Acevedo, quien, habiendo leído detenidamente el libro escrito por el Padre Elizalde «Y el diablo se fue al diablo», había comprendido perfectamente la proyección apostólica que los Oblatos Diocesanos llegarían a tener en toda América latina y estaba decidida a ayudarlos. Por ello deseaba hacerles donación de una propiedad que consistía en una casa de 14 hectáreas de tierra ubicada en el partido de cañuelas.
Un hecho hacía más palpable el milagro de la Divina Providencia, obtenido por la inquebrantable fe de su apóstol: ni la posible donante, ni el Padre Elizalde se habían conocido jamás… era el Señor que abría precisamente la puerta que su siervo no había golpeado.

Lo que parecía un sueño, fue realidad
El 24 de diciembre la Sra. de Acevedo guiando su coche lleva al Padre Elizalde a tres de los Oblatos más allegados hasta su casa de campo llamada « Estancia  La Chacra» en el Partido de Cañuelas y al llegar la Señora le hace entrega de las llaves de la propiedad, el P. Elizalde visiblemente emocionado, que no cabía en sí de gozo por esta nueva aprobación que el Buen Dios daba a su gigantesco esfuerzo de proporcionar a América Latina los misioneros catequistas que necesita para el anuncio del evangelio.

Se llamará San Esteban
Durante esa primera visita el fundador y sus Oblatos se enteraron que esas 14 hectáreas constituían la última porción de tierras que había recibido en herencia de sus antepasados, de un campo mayor que por varias décadas perteneció a las familias Barrenechea y Larguía. También explicó la donante que el espléndido parque se había comenzado y realizado cuatro años antes que la casa, bajo la dirección del experto Arquitecto Carrasco. Fue la Sra. de Acevedo quien propuso que en adelante el lugar se llamase «SAN ESTEBAN», en recuerdo del protagonista del libro que le moviera a tan hermoso gesto. De esta manera la propiedad pasó a estar bajo la protección del protomártir del cristianismo, que es uno de los patronos de los Oblatos Diocesanos.

Una condición y una insinuación del cielo
La Señora de Acevedo antes de hacer el ofrecimiento al P. Elizalde se había asesorado con dos insignes Prelados de la Iglesia. Uno de ellos fue el prestigioso orador y escritor Monseñor Gustavo J. Franceschi y el otro Don Andrés Azcárate, Abad de San Benito de Buenos Aires. Ambos hombres coincidieron en que la donación no podía tener mejor destino que el asignado.
Dando un claro ejemplo de la auténtica caridad que todo cristiano debe imprimir a sus actos de desprendimiento material y afectivo, como en este caso, la donante puso una sola condición: que el Santísimo Sacramento de la Eucaristía permanezca en la tierra que fuera de sus mayores. De esta forma creía corresponder a lo que en su tiempo interpretó como una insinuación de Dios. En efecto años atrás , estando ella acompañada de otras personas, vieron en forma muy clara que una cruz  luminosa  de gran tamaño se proyectaba por unos instantes sobre el campo. Ahora, con la permanencia del Santísimo Sacramento y donado a un Instituto misionero la propiedad, esa cruz se habría de proyectar por medio de los Oblatos Diocesanos sobre toda América Latina.

Toma de posesión, bendición e inauguración

bendicionEl 11 de febrero de 1955, festividad de Ntra. Sra. de Lourdes, fue la fecha marcada para tomar posesión y bendición de la propiedad.
Gran cantidad de amigos y bienhechores, venidos de la Capital y Gran Buenos Aires en ómnibus especiales y coches particulares, se congregó poco antes de la hora fijada. En el corredor de la parte de atrás del chalet se había improvisado un altar en el cual se celebró la Santa Misa.
Enseguida de la lectura del Evangelio, el P. Elizalde dirigió la palabra a los presentes. Fue en ese instante que realizó la fundación de los Oblatos Diocesanos Sacerdotes. Con voz quebrada por le emoción el Padre agradeció públicamente a la Sra. de Acevedo la compresión que había tenido hacia las necesidades de su Obra y le hizo entrega de algo muy preciado por él: un trozo de la piedra auténtica sobre la cual se posó la santísima Virgen de Lourdes en Francia durante las históricas apariciones del siglo pasado. Dicha piedra estaba en posesión del P. Elizalde por habérsela cedido su gran amigo el Sr. Obispo de Tarbes y Lourdes S.E. Mons.Pierre Marie Theas. Después de la Misa se hizo firmar el libro de visitas a todos los que asistieron al trascendente acto y en medio de cantos alusivos a la misión del Oblatado, se recorrió el vasto parque hasta entrada la noche. Todos estaban admirados al comprobar que el Señor había sido pródigo con sus pequeños hijos los Oblatos Diocesanos.